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Estreno de La plaza Berkeley en la sala Chopin de la ciudad de México

Armando de Maria y Campos

    No son pocas las obras de teatro que se han lanzado al inexplorado piélago donde dicen que lo pasado y lo futuro coexisten con lo presente. ¿Quién no recuerda La herida del tiempo de Priestley representada hace poco más de un año en el teatro Caracol? Y muchos se acordarán todavía de El tiempo es sueño de Lenormand. Podrían citarse varios ejemplos, pero bastan esos dos como claros antecedentes del tema que desarrolla John L. Balderston en su pieza Berkeley Square, en español La plaza Berkeley, elegida por el Departamento de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes para presentar en público y en función de paga a los alumnos de su escuela dramática, bajo la dirección de la profesora y ex actriz Clementina Otero de Barrios.
     La plaza Berkeley, que responde a influencias literarias muy marcadas, si se recuerda Un yanqui en la corte del rey Arturo que se estrenó en octubre de 1926 en el St. Martin's Theatre de Londres y que alcanzó más tarde, en 1929, una extensa popularidad, al ser representada por Leslie Howard en el Lyric Theatre. La gran Jean Robertson hizo, como en 1926, el tipo de Helen Pettigrew. La plaza Berkeley dio tono a un estilo dramático desde esa fecha. El autor británico John L. Balderston aseguró haberse inspirado en una obra póstuma de Henry James (el inspirador también de La heredera) titulada El sentido del pasado. En ocasión del estreno en Londres de esta pieza, se dijo que con Balderston había colaborado un gran poeta católico "chestertoneano", bohemio, alegre y unánimemente halagado en el Londres de los "veintes": John Squire. En 1947 esta bellísima pieza teatral fue traducida al castellano y publicada por José Janés, editor de Barcelona con el título de Maniantal que no cesa. El 15

de abril de 1952 se estrenó en el teatro María Guerrero de Madrid, en nueva traducción de José López Rubio, bajo la dirección de Luis Escobar y Humberto Pérez con Maricarmen Díaz de Mendoza haciendo el tipo creado en Inglaterra por la Forbes-Roberson. Esta traducción fue publicada en 1952 en el número 28 de la colección Teatro.
     Conviene referir brevemente el argumento de este drama universal y humano, digno de los públicos más inteligentes. Peter Standish, un arquitecto norteamericano, hereda una vieja mansión londinense que fue escenario de algunos momentos de la vida de un su antepasado. Al fijar su residencia en la vieja casa de la plaza de Berkeley, el joven Standish descubre que puede moverse a través del tiempo, viviendo simultáneamente su propia vida de ciudadano del siglo XX y la de su antepasado, que vivió en el siglo XIII. Tan extraordinario suceso le atrae con la fuerza de sugestión de una gran aventura, a la que se entrega con un apasionamiento no exento a veces de melancolía. Muévese entre fantasmas, quienes encuentran en él un agente subversivo que les escandaliza, mientras ellos amenazan en convertirle en un ser desprovisto de sentido de la realidad.
     La plaza Berkeley es una de las piezas de teatro más difíciles de representar con precisión y dignidad. Esa cita en un presente temprano y eterno, libres Peter y Helen, libres del peso imaginario y de fragilidad del ser, en un presente inextinguible que simboliza la vida y la eternidad...
     El tiempo, concepto intelectual o, si se quiere, un supuesto subconsciente de nuestra conciencia, es el todo de esta pieza admirable, convertida al ser presentada en México en farsa... sentimental, con todas sus

consecuencias. Hubiera preferido vérselas primero a profesionales que a aficionados. Así, no importaría mucho la incongruencia de la representación, porque la verdad es que, como la conocemos ahora, no convence a nadie. Esta es otra y como a "otra plaza Berkeley" hay que juzgarla con benevolencia.
     Su representación -decorado, trajes y muebles- decente. La escenografía no nos trasladó jamás "a una salita íntima" de Londres. Pero dentro de su convencionalismo se acepta todo y se discute poco. Habría que discrepar la versión que de Tom Pettiggrew hace el joven Vega amanerándolo sin límite de buen gusto. El Peter Stanley del joven Sergio de Bustamante, inmaduro totalmente. El papel de la señorita Paloma Gorostiza fue demasiado personaje para ella, difícil para cualquier gran actriz, para dar en el teatro los primeros pasos. Virginia Gutiérrez fue la que nos dio la mejor prueba de una actuación incipiente. El resto del numeroso reparto, confiado a los alumnos de la clase de actuación de la señora Otero de Barrios cumpliendo... como discípulos aventajados. Algunos por la traducción anónima dejan que desear y entorpecen a veces la acción dramática, a la que le falta ingravidez y desvirtúa situaciones y caracteres. El público perplejo, rió de buena gana.
     Por supuesto que éste no sería el tono de este comentario, si se refiriera únicamente a una prueba o exámenes de fin de curso. Pero el público que pasa por la taquilla y paga diez pesos por butaca hasta la fila N -una localidad de ésta que ocupé durante el estreno-, tiene derecho a exigir más calidad en la representación.