Crítica impresionista y crítica científica

Malkah Rabell

 

¿Qué es la critica como teoría y disciplina científica? Tanto en la parte "Divina", como algunos teóricos llaman a la que en libros aparece, como en glosarios cotidianos del periodismo, existen métodos a los cuales ya conciente, ya inconcientemente, se someten, o deberían someterse los críticos. En primer término el crítico ha de elegir como suya una de las dos corrientes en las cuales toda crítica se divide: la corriente subjetiva y la objetiva. La primera suele designarse como "impresionista", y la segunda corno científica o "universitaria".

          Resulta excesivo llamar sistemas a las valoraciones subjetivas y objetivas. En el campo subjetivo, o "impresionista", fue el famoso escritor francés, Anatole France, quien la llevó a su punto más brillante. Decía France: "No hay crítica objetiva, como no hay arte objetivo, y todos aquellos que presumen, que ponen otra cosa en su crítica que no sea ellos mismos, son víctimas de la más falaz ilusión. La verdad es que uno no sale jamás de sí mismo". Por igual Marcelino Menéndez y Pelayo escribía: "La crítica literaria nada tiene de ciencia y siempre tendrá mucho de intuición personal". Aunque Menéndez y Pelayo haya hablado en especial de crítica literaria, podemos aplicar la misma tesis a casi todas las críticas artísticas, y en especial al teatro.

          No obstante creo que no pueden existir, o por lo menos deben existir únicamente críticos subjetivos, los que digan: "Me gusta o no me gusta", sin explicar, sin analizar previamente este sentimiento. Por qué gusta o disgusta, son cosas que deben analizarse por medios objetivos. Kant definió el gusto como "la facultad de juzgar un objeto o una representación mediante una satisfacción o un descontento gratuitos". Y el objeto de tal satisfacción llámase "bello". Y Kant agregó: "El juicio del gusto es un juicio estético, es decir es de tal índole que descansa en bases subjetivas". Pero —prolongó su pensamiento el filósofo—, "si el conocimiento se engendra en la materia sensible, la forma como penetra en nosotros, o la vía por la cual accedemos a su valorización, no es otra cosa que la del entendimiento". Por lo tanto, explicando la tesis kantiana de una manera más sencilla, debemos entender que si la parte estética del objeto que juzgamos llega a nosotros subjetivamente, su valorización en cambio se hace por dos fases: la subjetiva y la objetiva. Las dos son jalones indisociables de un mismo itinerario. Quien recorre uno de los dos tramos solamente, hace el viaje incompleto. La comprensión cabal no se logra mediante la sola experiencia sensible, ni tampoco, por la sola experiencia del juicio. En conciliar ambos extremos, el subjetivo y el objetivo, en reunir ambas capacidades, reside el escollo que no logra casi nunca salvar la crítica impresionista por sí sola, ni la llamada científica sola tampoco. Creo que es precisamente en unir esos dos extremos de la corriente subjetiva a la corriente objetiva que debe tener el crítico [sic].

          El gran poeta y a la vez crítico de las artes plásticas, no menos importante, Charles Baudelaire, defendía y exaltaba una crítica que debería ser, según decía: "parcial, apasionada, política, hecha desde un punto de vista exclusivo pero que abra horizontes". Baudelaire consideraba que tal era la crítica "poética", es decir subjetiva, y en cambio rechazaba la crítica "científista" [sic] que según su opinión: "era fría y algebraica". Que con el pretexto de explicarlo todo, no tiene odios ni amores y se despoja de cualquier especie de temperamento. En cambio, nuestro contemporáneo, el crítico español Guillermo de Torre, en su libro Nuevas direcciones de la crítica literaria, pone en guardia contra la poesía cuando de crítica se trata. "La crítica poética —dice— es una muestra de oquedad sonora, de irritante gratuidad, donde se pierde de vista la obra en sí misma y donde el autor convierte irrespetuosamente los textos en pretextos, sin la menor fidelidad al punto de partida y que a menudo está hecha con los más fáciles residuos del impresionismo". Creo que a Guillermo de Torre no la falta razón y sólo los muy grandes críticos y los muy grandes poetas, se pueden permitir el recurso de la llamada "crítica poética" y tampoco deben hacerlo con excesiva frecuencia. Una cosa es usar de tanto en tanto una expresión inspirada por un sentimiento sublime, y otra muy distinta es hacer abuso de éste.

          Las mismas corrientes subjetivas y objetivas que se emplean en la crítica literaria, se pueden usar en la crítica teatral. Pero en este campo, el crítico ha de preocuparse por las posibilidades teatrales, escénicas que le proporciona el texto. Ha de analizar lo que el teatro puede hacer dramáticamente con la obra escrita, cuando ésta se convierte en pieza representada, cuando el esqueleto del texto se cubre de carne dramática, la carne del espectáculo. La crítica teatral ha de tomar forzosamente en consideración si la obra escrita se presta a la actuación y cuál será su efecto psicológico en el escenario. Y también su efecto artístico. Hay muchas obras dramáticas escritas espléndidamente, con un hermoso lenguaje épico o lírico, y que no obstante en el escenario se desluce.

          Y punto final, tanto para el método subjetivo o impresionista, como para el método objetivo o "científico", es necesario hacer uso de ellos con un conocimiento literario del lenguaje. El crítico necesita saber enmarcar sus conocimientos técnicos en un sólido texto literario. Un crítico por más conocimientos que tenga en el plano técnico, si no sabe escribir, si no tiene la capacidad literaria de expresarse con toda claridad y con cierta gracia, no llegará nunca a interesar al lector, quien abandonará el "glosario del periodista" o la "parte divina" del libro excesivamente aburrido. Es cierto que el filósofo italiano Benedetto Croce afirmó que a los "literatos" habría que prohibirles escribir sobre historia, porque un "literato" por el gusto de emplear una bella frase, es capaz de falsificar la historia. Algo semejante puede suceder con el literato crítico. Por el gusto de emplear una frase bien torneada e ingeniosa es capaz de destrozar el objeto de su crítica... ¡Gajes del oficio!

 

 

El Día, 6 de mayo de 1985.